Carta #9 desde el Perú: El precio de ser valiente: ¿Qué sigue?
- Ana Sofía M.

- 23 sept
- 4 Min. de lectura
Estoy a menos de 1 día de irme de viaje. Una aventura que se me metió a la cabeza por ahí de abril y no se me quitó hasta que tomé la decisión de seguir mis deseos.

Antes de graduarme, a inicios del 2024, me prometí que se me iban a acabar las excusas para no hacer todo lo que quiero.Que no me iba a conformar con solo soñar si no hacía nada para volver esos sueños realidad.
En cuanto me gradué sentí dos cosas:
Que tenía que cumplirme esa promesa.
Que había un reloj corriendo y yo lo estaba desperdiciando.
Así que en cuanto me gradué y me deshice de tener que ir a la universidad, me puse a hacer todo lo que quise (y lo que estaba en mis posibilidades, porque soñar también sale caro y nunca deje de chambear). Y ahí siento que empezó todo.

Ese año fue como si hubiera reiniciado mi vida:
– Me certifiqué en buceo, y descubrí uno de mis grandes amores.
– Me fui dos meses sola a Perú y empecé a escribir estas cartas.
– Luego llegó el 2025 y para febrero, un viaje de mes y medio por Guatemala y Belice con una amiga que conocí mochileando en Perú.
– Y volví al Caribe a nadar con tiburones ballena con mis amigas de toda la vida.

¿Y ahora qué sigue?
Esta vez, regreso a donde comenzó todo. La aventura es un voluntariado de 15 días en el Pacífico peruano, con una organización que hace avistamiento responsable de ballenas jorobadas para financiar su investigación y preservación. Quienes me conocen saben que las ballenas son mi obsesión, y las jorobadas mis favoritas.
Este es un viaje más de mis sueños. Jamás pensé que volvería tan pronto a Perú, pero ahí voy a estar. Casi un año después. En las mismas fechas. Mismo país. Qué vueltas da la vida.

Y cuando estaba viendo mapa para entender donde iba a estar, me di cuenta que me quedaba a nada de Ecuador. Quienes han leído mis cartas saben que desde que leí Chamanes eléctricos en la fiesta del sol de Mónica Ojeda no he dejado de soñar con ir. Quiero ver al Chimborazo, al Cotopaxi, regresar a la electricidad de los Andes. Y pensé: ¿y si me quedo? ¿y si por fin hago ese recorrido? ¿y si voy a las Galápagos? No sabía cómo, ni si iba a poder pagarlo, pero dentro de mí nació una certeza: lo iba a hacer.

Porque sigo viviendo con la sensación de que mi vida es ahorita o nunca.
Así que, su querida amiga, se vuelve a ir sola de viaje. Antes llevaba la cuenta exacta de los días. Ahora, de milagro sé cuándo regreso.
(Ya hice la cuenta: me voy 47 días).
Es la vez que menos he planeado y más he improvisado. Incluso dejé trámites como la vacuna de la fiebre amarilla para 4 días antes de irme. Pero ya siento que tengo más experiencia entonces confío en que tengo cómo resolver los retos que se me pongan enfrente.

Aquí voy una vez más, pero ahora más preparada. Empaco mejor, me muevo mejor, tomo mejores decisiones sola. Y, lo más bonito: por primera vez en mucho tiempo siento paz.Paz con quien soy, con lo que he hecho por mí, con mi corazón.
Me siento orgullosa de estar honrando mis deseos. Antes, a veces lo hacía para demostrar algo: que era valiente, que no tenía miedo, que era interesante. Hoy ya no. Hoy lo hago solo por mí.
Ya no tengo nada que probarle a nadie. A quien le estoy cumpliendo sus caprichos es a la Ana Sofía chiquita, la que veía libros de vida marina y jamás se habría imaginado esto. La que ya ni pregunta quién quiere venir, porque hasta prefiere irse sola.
Esa que encontró pasiones que le llenan el corazón y le dan la misma paz que cuando bucea. La que ya no siente que su identidad depende de su trabajo. La que ya entendió que no hay otro propósito más que disfrutar el regalo de estar viva.
De eso se trata mi vida. Y estoy muy pinche orgullosa de cómo la he elegido vivir.
Con los adioses que me ha costado, pero también con las elecciones que he hecho, siento que he elegido mucho más de lo que he tenido que soltar. Y lo que dejé atrás fue solo lo que me alejaba de mí. Lo que me hacía abandonarme, por más bonito que pareciera, decidí dejarlo. Porque lo único que quiero que me ayude a hundirme son los plomos para bucear, no las relaciones, amistades, inseguridades, conversaciones pendientes ni amores no correspondidos. Eso ya no.

Al final, la paz que siento hoy no es gratis. Es el precio de haberme animado a ser valiente. Y aunque ser valiente siempre me ha costado incomodidades, miedos y despedidas, también siempre se me ha recompensado. Nunca me ha salido más caro ser valiente que no serlo. Ese precio, a veces alto, a veces doloroso, también me ha dado la vida hermosa que tengo.
Ojalá esta paz me dure mucho. Y si se me escapa, ya sé más o menos dónde volver a buscarla. Lo único que deseo para quienes llegaron hasta aquí es que si traen un lastre, lo suelten pronto. Que si tienen sueños pendientes, los prioricen, porque de no hacerlo se transforman en arrepentimientos. Que vivan sin deberle nada a nadie ni con la urgencia de impresionar. Que sientan esa paz inmensa que llega cuando uno disfruta su propia compañía.
Porque ese es el verdadero privilegio: poder estar con uno mismo y sentir paz.
Besos y nos leemos en la siguiente carta desde Perú.
Aquí pueden dejar su correo para que no se pierdan ninguna carta.
Con cariño,













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