top of page

La historia del taxista en Galápagos que me dejó con lágrimas en los ojos: Migrar. Abandonar el sueño americano y llevar a una niña a la escuela.

  • Foto del escritor: Ana Sofía M.
    Ana Sofía M.
  • 26 jul
  • 5 min de lectura

El año pasado fui a las islas Galápagos, el sueño de cualquiera que se ha enamorado de bucear.



Esta historia comienza en isla Santa Cruz, de donde salen la mayoría de los buceos de un día en Galápagos.


Reservé mi primer buceo, para mí y para algunos amigos que conocí durante las semanas que recorrí la sierra y la capital de Ecuador. Nos probamos nuestro equipo y nos fuimos a dormir temprano para estar listos a la mañana siguiente.


Para ir a bucear desde Santa Cruz hay que transportarse desde el centro hasta el otro puerto de la isla: Puerto Ayora, que es de donde salen las embarcaciones que van a bucear y quienes vienen llegando del aeropuerto. Ese trayecto es como de 30 minutos y ahí es donde empieza esta historia.



Nos recogieron en la tienda de buceo para llevarnos hasta el puerto, y el señor del taxi (que me encantaría poder acordarme de su nombre) se dio cuenta de que era la única que hablaba español de los que veníamos.


Esto es algo que me pasa seguido cuando mochileo en Latinoamérica: termino rodeada de extranjeros que vienen desde Australia, Holanda, Noruega, Alemania. Pero como siempre lo digo, ser mexicana es mi superpoder, y cada vez que alguien se da cuenta, el trato se vuelve diferente. Así es como empezamos a tener una conversación este señor y yo, aunque los demás no entendieran nada y tuvieran que escucharnos como si fuéramos la radio de fondo, o intentar practicar su escaso español.


Algo importante es que cuando nos subimos al taxi, que en Galápagos son pickups, venía una niña de copiloto.


Al subirnos todos nos volteamos a ver sin entender nada, pero conforme empezó la conversación con el señor entendí que era su hija y que la íbamos a llevar a la escuela que quedaba de paso.


Bucear empieza temprano y se me había olvidado que ir a la escuela también. Y en Latinoamérica uno le da ride a todo mundo; esto me pasó mucho en Ecuador sobre todo en el Amazonas.


Primera parada: dejamos a la chiquita en la entrada de la escuela con su mochila en hombros y seguimos nuestro camino. Y ahí es donde empezó nuestra verdadera conversación.


Como siempre pasa, y por la cercanía de México a Estados Unidos (tan lejos de Dios, tan cerca de USA, dirían por ahí), siempre terminamos hablando de la migración, de toda la gente que se va en busca del “sueño americano”.


Ahí fue cuando el señor taxista me empezó a contar que él había llegado a Galápagos hace varios años (lo cual es muy difícil, incluso para quienes son ecuatorianos), que vivía del turismo y que, aunque Galápagos es caro, se sentía tranquilo porque son islas seguras. Que su hija podía salir de la escuela y tomar un ride de otros taxistas de la isla porque todos se conocen y sus hijos son compañeros; que tiene la tranquilidad de que si su hija sale a jugar con sus vecinos, va a regresar a casa. En pocas palabras: puede vivir tranquila.


Pero no siempre pensó así. Me contó que en algún momento quiso irse para Estados Unidos como varios de sus familiares y amigos, y que si no lo hizo es porque estaba reuniendo dinero.


20,000 dólares es lo que le cobraban los coyotes en ese entonces por cruzarlo sin garantía a él, a su entonces esposa y a su hija, que en ese entonces seguro tenía sus primeros 2 o 3 años de vida.


Me contó que empezó a reunir el dinero y que estaba por pedir un préstamo, igual que algunos de sus amigos, pero que al final no lo hizo porque el interés que le querían cobrar iba a ser impagable, y le daba miedo que si no lograba cruzar, de todos modos esa deuda se iba a quedar con él de por vida.


Así que se quedó con la ilusión de juntar ese dinero, pero conforme el tiempo pasó empezaron a llegar las historias de quienes si cruzaron.


Me contó que muchos le decían: “Amigo, no lo haga, no vale la pena”.


Su gente vivió cosas terribles cruzando, que algunas historias ni siquiera se las sabe bien, pero que en las voces de sus amigos escuchó como si se les hubiera ido la vida. Nunca volvieron a ser los mismos. Como si se hubieran apagado, me dijo. “Es como si estuvieran muertos en vida.”


Y eso también le hizo pensar en no arriesgar a su hija, esa misma que llevamos a la escuela. Que por darle una mejor vida, no sabemos qué le pudiera pasar en ese desierto, y en manos de quién.


Mientras me contaba todo esto, vi cómo tenía esa espinita enterrada, la de si atreverse le hubiera dado para una mejor vida a su hija. Pero creo que, en el dolor que escuché en su voz y por las historias que escuchamos en este lado del mundo de quienes buscan cruzar esa frontera, los dos supimos que su hija y él tendrán una vida más en paz en Galápagos.


Y aunque nuestros países sufren de gobiernos que a veces cuesta trabajo creer que están para servir a su gente y no para joderla, en Galápagos tienen trabajo y la posibilidad de mantenerse en un lugar seguro y con calidad de vida, aunque el sueño de todo papá sea siempre poderle más a sus hijas e hijos.


Esa historia me sigue persiguiendo. Traía unas cuentas lágrimas en los ojos. Mis amigos se dieron cuenta de que tuvimos una conversación profunda y dolorosa, pero muy lejana a sus realidades, por donde son pero también por el idioma.


Nos bajamos del taxi y me dijo: “Hoy va a ser un gran día de buceo, que lo disfruten”. Y así fue.


Con el corazón apachurrado por la realidad de nuestros países, pero con estas historias que me recuerdan que hay finales felices, me fui a bucear y fue lo máximo. Aunque no haya sido el mejor clima, estaba buceando en Galápagos. Un sueño para mí que, aunque sea en un mini granito de arena, me permitió también dar para quienes viven del turismo y acompañar a esa chiquita a su escuela.


Tal vez de eso se trataba todo. De viajar y entender las historias de quienes nos rodean, aunque sea por 40 minutos. De saber que una plática durante un trayecto a bucear, para alguien es su camino a la escuela, y para un papá es la vida que eligió al no migrar por “el sueño americano”. Y no regresas igual de ese trayecto. O por lo menos creo que esa es la intención: que yo no puedo volver a ver el dolor de migrar de la misma forma, y que si todos tuviéramos la oportunidad de esa plática en el taxi, tal vez nadie lo haría.


Y no necesitamos ir hasta Galápagos para vivir algo así. Con leer esto espero que cambie algo en tu perspectiva, igual que lo ha hecho en la mía. Y por eso escribo estas historias.


Cuéntame en los comentarios si alguna vez una plática de taxi te cambió algo, y si crees que alguien necesita leer esto hoy, compártelo. Así es como estas historias siguen viajando y llegando a las personas correctas. Gracias por estar aquí.


Antes de que te vayas

Además de historias, tengo mil hacks de viaje. Aquí te dejo los que más me preguntan. Algunos llevan link de afiliado, o sea que si compras por ahí me ayudas sin que a ti te cueste un peso de más, pero solo pongo cosas que usé de verdad y recomendaría de todos modos.


✈️ Donde encuentro mis vuelos más baratos, incluidos los que me llevaron a Galápagos.

📶 La e-SIM que uso para no quedarme sin internet que jaló perfecto hasta en Galápagos.


¿Quieres la ruta completa que hice en Galápagos y mis tips para armar el viaje? Dímelo en los comentarios y la dejo lista.


Y si te quedaste con ganas de más, mientras estaba ahí escribí esta carta desde Galápagos.


Gracias por leerme.

Con amor,


 
 
 

Comentarios


Contáctame

Escríbeme si te identificas con algo de lo que escribo o si te gustaría trabajar conmigo.

Para lo que necesites, estaré feliz de leerte. 

¡Tus datos se enviaron con éxito!

bottom of page